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La jefa del sello Trip, Nina Kraviz, se desnuda para Passionatte...

Por un simple acto de justicia poética, a muchos nos gustaría que Nina Kraviz, en vez de una siberiana glacial aficionada al deep house, fuera en realidad una disc-jockey griega –también aficionada al deep house, aquí no hay problema–, pues así sería mucho más fácil darle el tratamiento de Afrodita de la cosa. Desde que empezó a moverse por el circuito europeo de clubes y pequeños sellos, y sobre todo desde que despuntó con su single «Ghetto Kraviz» en 2011 para el sello Rekids, muchas son las aves nocturnas –y no distinguimos entre sexos– que han caído a los pies de esta rusa de mirada afilada y figura sinusoidal, a imagen y semejanza de los latigazos de subgraves y trazados de bajo ácidos con los que, de tanto en tanto, satisface a su público en un club oscuro o un festival de élite. Sencillamente, no se había dado una coincidencia tan poderosa entre lo que se ve y lo que se escucha en una DJ desde [déjenme pensar], posiblemente, la noche de los tiempos.

La expresión «lo que se ve» es conflictiva –amigas feministas, no suelten aún sus perros de presa contra el peroné del escribano–, y Nina Kraviz es la primera en ser consciente de que su atractivo es magnético y que, muy a su pesar, juega en cierto modo en su contra, pues condiciona todavía a esa gente que no se la acaba de tomar en serio. Hace unos años, coincidiendo con la publicación de su primer álbum, Nina Kraviz (Rekids, 2012), estuvimos hablamos por teléfono al respecto, durante bastante rato. Kraviz se lamentaba de que, a ojos de un público que estaba acostumbrado a que, en las discotecas, las chicas fueran gogós, o relleno en la pista para crear ambiente y sacar a bailar a los machos en celo, ella solo fuera una DJ mujer que había llegado hasta ahí por su aspecto, en vez de una DJ talentosa que había llegado hasta ahí por su criterio musical y su capacidad para armar discursos conceptuales con los discos y crear una sensación de viaje.

QUIÉN ES


Amante del acid, de gusto refinado y sin miedo a las polémicas, esta DJ rusa es una de las artistas más consagradas de la escena electrónica mundial.
Para cualquiera que siga de cerca la movida electrónica a nivel mundial, sin duda conocerá la historia de Nina Kraviz, una de las figuras más reconocidas del ámbito dance en los últimos años. Nacida en Siberia y con una niñez un tanto difícil (las cosas no son nada fáciles cuando vives en la tundra nevada), quiso convertirse en dentista hasta que comenzó a comprar vinilos para hacerse su camino en el circuito de música electrónica y finalmente convertirse en una de las DJs más reconocidas alrededor del mundo.
A lo largo de su carrera camino, ha provocado muchas conversaciones y a veces controversias, pero cuando se habla de Nina, es sobre todo por su innegable belleza y por su refinado gusto musical por el acid house, que la hacen una DJ única en una escena dominada por los hombres.

En el 2013, Nina denunció al DJ Greg Wilson luego de que éste le dedicara un post en su blog diciendo que la única razón por la que la rusa era una DJ era simplemente porque era hermosa y se aprovechaba de ello para que nadie le prestara atención a sus sets, por lo que Nina le respondió que su opinión era una muestra más del sexismo reinante en la escena musical.
En el 2014, Nina creó su propio sello disquero, трип (TRIP), que fiel a su nombre, su enfoque está en el lado más psicotrópico, ácido y lisérgico de la música electrónica que se ha convertido en su marca.

Cuando era niña, solía escuchar los discos de su padre: Led Zeppelin, Grace Jones, The Doors, Peter Gabriel, y su banda favorita, Pink Floyd, a quienes llama los pioneros de la electrónica de su tiempo.
Además de pinchas sus temas favoritos de otros artistas, Nina también hace sus propias composiciones, que nacen de manera imprevista y espontánea cuando le llega la inspiración o esa elusiva musa.
Ahora es turno de dejar la música, para centrarnos en algo que también posee: belleza y sensualidad

Sexy in hot


























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