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A través de la visión sobre el mito de Salomé de Oscar Wilde, Lluis Miñarro plantea en Love Me Not (2019) un acercamiento totalmente surrealista y anacrónico donde intenta acercar la historia a la más rabiosa actualidad. Para ello ubica el relato en la Guerra de Irak, donde un ejército internacional custodia a un hombre misterioso recluido en una prisión de máxima seguridad dentro del desierto. La soldado Salomé es la encargada de vigilar al prisionero, por quien desarrolla una obsesión enfermiza.


Love Me Not (Lluis Miñarro, 2019)

Love Me Not está estructurada en tres actos, cuya unión funciona de manera irregular y provoca que el resultado del filme, que pasó por el Festival de Rotterdam, tenga un resultado desigual, donde prima lo visual y formal sobre lo narrativo. Con Ingrid García Jonsson como protagonista encarnando a una andrógina Salomé, el reparto de la película no es del todo acertado. Cuenta el propio Miñarro que dio absoluta libertad a los actores para que desarrollaran su papel como quisieran y eso puede tener sus ventajas y sus inconvenientes. Francesc Orella (que interpreta al padrastro de Salomé, el Comandante Antipas) está correcto porque se nota que el personaje está perfilado a su medida; no ocurre lo mismo con Lola Dueñas (la madre de Salomé), a quien la puesta en escena le permite dar rienda suelta a su lado más cómico pero llega a estar demasiado sobreactuada. Lo más complicado es entender el porqué de escoger a Ingrid García Jonsson como protagonista: es cierto que tiene un rostro muy andrógino pero su papel es totalmente inerte y difícil de creer.


El propio director ha asegurado que solo le interesaba lo visual y es ahí, en ese aspecto formal, donde Love Me Not destaca sobre todo en las escenas donde el personaje de Salomé realiza una serie de bailes sensuales. Ahí se demuestra que Miñarro tiene un estilo y una mirada propia más que interesante pero todo ello se desmorona si no hay un argumento sustancioso. El inicio de la película se desarrolla en el desierto donde dos soldados (a los que les falla demasiado la dicción) encarnan a dos personajes llamados Hiroshima y Nagasaki, con la intención de realizar una crítica a Estados Unidos. La mezcla entre lo surrealista, el ambiente y el intento de humor conforman una escena algo endeble para tratarse del inicio del filme.

A partir de ese inicio, la película se salva por el desarrollo del segundo acto y el desenlace: se trata de la escena en la que aparecen los personajes de Orella y Dueñas donde, dejando a un lado el análisis interpretativo, Miñarro consigue crear un ambiente muy teatral marcado por el carácter tenso, obsesivo, poco afectivo y vengativo de los personajes. Se trata de una historia donde esos son los temas principales: hay una ausencia total de amor y está muy bien reflejada esa dureza y frialdad presente, por un lado, en el lugar donde se encuentran y, por otro, en los personajes, que desprenden un deseo sexual y sensual que propicia una ambigüedad donde no se puede apreciar, claramente, lo que les mueve a actuar de la forma en que lo hacen.

El final de la película se desarrolla después de una elipsis de varios años donde los personajes principales se vuelven a encontrar y Miñarro plantea una escena de lo más  kitsch donde la protagonista (Ingrid García Jonsson) aparece bailando la canción Vivo cantando (haciendo el guiño a la cantante Salomé) demostrando así que todo ha sido un ejercicio estilístico basado en la provocación y la poca intención de tomarse en serio el  complicado relato.

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